La muerte de Ramón Alburquerque requiere de una pausa que va más allá del ruido coyuntural. Conviene resistir la tentación de reducir una vida compleja a una frase dicha al calor de la militancia. Sería una injusticia histórica.
Alburquerque encarna, como pocos, la posibilidad real de la superación personal en una sociedad marcada por desigualdades persistentes.
De una pobreza severa, sin apellidos protectores, llegó a ocupar posiciones públicas señeras gracias a una combinación poco frecuente de talento intelectual, disciplina férrea y vocación de servicio.
Su tránsito fue el resultado de una inteligencia cultivada con rigor y de una ética del esfuerzo que nunca abandonó.
Fue académico, lector voraz, hombre de ideas antes que de consignas. Conservó, empero, una humildad esencial, esa que no se aprende en los cargos ni se pierde con ellos. Nunca dejó de hablar como quien recuerda de dónde viene.
La historia que merece contarse no es la del exabrupto, sino la del mérito; no la del momento, sino la de la trayectoria.
En tiempos de banalización del liderazgo, recordar a Ramón Alburquerque desde su dimensión real es un acto de responsabilidad cívica.
Los países no se construyen solo con gestos, sino con vidas que demuestran que el ascenso social, aunque difícil, sigue siendo posible.